La autora denunciaba, como ejercicio antidemocrático del poder, la imposición encubierta de un verdadero Estado de Excepción, en el que se restringen severamente los derechos, con la mera cobertura de un Estado de Alarma.
Consuelo Madrigal Martínez-Pereda.
El control de la acumulación de poder es el gran problema de la política. La democracia, único medio para alcanzar ese control, es la forma de gobierno de las sociedades abiertas que trajo la modernidad, en las que los individuos adoptan decisiones propias y participan en el ejercicio del poder, en contraposición a las sociedades arcaicas, tribales o colectivistas. Karl Popper jugó con la hipótesis inconcebible de una sociedad abstracta en la que los hombres no se encontrasen nunca cara a cara, donde los negocios fuesen concertados telemáticamente por individuos aislados. En esa sociedad despersonalizada, la vida transcurriría en el anonimato, el aislamiento y el infortunio. Esa hipótesis inconcebible se ha hecho realidad: muerte, enfermedad, pérdida de seres queridos, temor al contagio propio y ajeno, inaccesibilidad al diagnóstico y al tratamiento, inexistencia de instrumentos de protección…
A tanta aflicción se han sumado la impotencia del aislamiento y la amargura de la soledad. La tecnología proporciona recursos comunicativos e incluso impone una hiperconectividad, sustitutoria de la satisfacción emocional. Triste sustituto que ha sido –lo sabemos–, manipulado, monitorizado y pervertido desde el poder. Y aun con el alivio adictivo de la conectividad digital, los usuarios de internet, aislados y asustados, somos incapaces de vivir una vida común no monitorizada, incapaces de articular –más allá de la cacerolada– un sujeto liberador, un nosotros que haga valer su existencia y su libertad.
Por el confinamiento, muchos, demasiados, han perdido, tal vez irremediablemente, trabajo, negocios y oportunidades. Algunos aún deben tributar por actividades no realizadas y ganancias no recibidas. Todos nos hemos empobrecido. Y, como siempre, unos pocos han hecho negocio. Pero el más sucio de los negocios es la apropiación ilícita de poder; la que aprovecha el miedo, el cautiverio y la postración de la sociedad.
En primer lugar, padecemos el tardío abordaje de una crisis sanitaria –que no de orden público– mediante la privación de libertad bajo una coerción policial, innecesaria sobre una ciudadanía mayoritariamente responsable; padecemos la exasperación de esas medidas en contra de la propia ley de estado de alarma que, como regla general, impone la libertad y sólo como excepción temporal, su restricción y cuyo artículo 1.2 somete toda intervención a los principios de proporcionalidad y necesidad, que no han sido aplicados a los ciudadanos sanos. Nos preguntamos por qué se carga el peso de los sacrificios sobre los profesionales y los ciudadanos, sin dotarles de los mecanismos de diagnóstico y protección que hubieran minimizado la carga y aliviado el sacrificio. La pregunta es tan pertinente como el debate sobre las confusas y contradictorias respuestas que hasta ahora se han recibido.
Constituye un ejercicio antidemocrático de poder la imposición encubierta, y sin el control interno y europeo, de un verdadero estado de excepción, en el que se restringen severamente los derechos, bajo cobertura de la prórroga del estado de alarma que garantiza al Gobierno el mando único en la fase aguda de la excepcionalidad y en la vuelta a la ya imposible normalidad. Ante una sociedad cautiva, se han dictado sucesivas órdenes ministeriales de inmenso calado económico y fuerte compromiso de derechos, y un sinfín de decretos leyes restrictivos de derechos fundamentales, frecuentemente oportunistas, sobre materias que poca o ninguna relación guardan con las razones sanitarias y de orden público que formalmente demandaron el estado de alarma.
En su cautiverio, la sociedad ha asistido al cierre del portal de transparencia del Gobierno, la imposición de filtros a las preguntas de la prensa, la financiación pública oportunista de medios de comunicación vasallos, la restricción en la difusión de mensajes y la evaluación de la verdad o falsedad de las noticias y los enunciados. En nuestro mundo relativista, la verdad se ciñe a la identidad entre nuestro pensamiento sobre las cosas y la realidad de las mismas cosas. Algo que guarda relación con la investigación y el juicio y que se concreta en la búsqueda de la verdad. A este uso común se añade un rasgo relacionado con la fe. Decir que una proposición, opinión o noticia es un bulo es invocar una norma que rige la fe y el juicio, para afirmar que esa proposición, opinión o noticia es indigna de asentimiento, no debe ser creída. Pero, ¿quién se erige en autoridad normativa de lo falso para separarlo de lo verdadero que-debe-ser-creído? ¿por qué y para qué lo hace? Las respuestas a estas preguntas se han tornado amenazas para quienes hemos asistido al impúdico reconocimiento oficial de la monitorización de redes sociales y escuchado en palabras de su máximo responsable en esta crisis, que la Guardia Civil destina parte de sus esfuerzos a minimizar la crítica al Gobierno, para comprobar después que los contenidos intervenidos son los que guardan alguna relación, siquiera lejana o indirecta, con el cuestionamiento de la gestión y la versión oficial de la crisis.
Y, todo, al tiempo que los medios de comunicación vasallos nos martillean la representación idealizada del heroísmo de los profesionales (esos que son enviados al trabajo sin condiciones ni protección) y los diversos formatos del mensaje, irisado y pueril, de que «resistiendo», «todo acabará bien».
Siempre debe frenarse la ilegítima apropiación de poder por parte de los poderes legítimamente constituidos. Algunos creen que esto solo es necesario cuando lo hace la derecha. Asumen acríticamente que la salud y la seguridad exigen la restricción de nuestras libertades o minimizan su importancia, sin pensar que las amplias facultades ya otorgadas son peligrosas, pueden ser utilizadas equivocadamente y quizá ya lo están siendo. Los poderes del Estado deben gestionar la crisis y su recuperación, sí, pero han de hacerlo bajo estricto control de las instituciones democráticas, apoyadas por una ciudadanía activa, cuya acción crítica, a riesgo de introducir malestar y tensión, contribuya a la construcción de la ética pública. Si descuidamos la vigilancia y si no fortalecemos las instituciones democráticas de control, dándole más poder a quienes ya lo ejercen, no viviremos ya en una sociedad abierta. Habremos perdido nuestra libertad y no será una pérdida temporal.
Al margen de las cifras manipuladas, la magnitud del desastre se mide ya en términos de derrumbe social, moral y económico. En la falta de credibilidad de un sistema que sí dejó atrás a muchos, a todos los mayores de 80 años a quienes, en residencias y domicilios, se negó la hospitalización, el tratamiento y las pruebas diagnósticas, sin discernir situaciones concretas; que envió y mantiene en primera línea, sin protección, a los profesionales de la salud y el orden público, cuyo heroico esfuerzo es en sí mismo el más elocuente reproche; que sigue sin ofrecer tests a los profesionales, a los enfermos y a la población confinada y sin reconocer las espeluznantes cifras de fallecimientos de las que dan cuenta los datos comparados del Registro Civil.
LA RECUPERACIÓN es un apremio moral fundado en los apremios del dolor y el sufrimiento. Muchos creemos que la solidaridad guarda relación con la evolución humana y que vale la pena ejercerla a la hora de encarar –en el sentido genuino de visión de la cara de otro– el futuro deliberando juntos, sin exclusión alguna, sobre los hechos y el alcance de los deberes respectivos. Nuestra sociedad, pese a la estupefaciente industria del entretenimiento y la propaganda oficial, es capaz de elevar el punto de mira y repensar los grandes temas de la justicia social, la libertad personal y de empresa, capaz recuperar la actividad económica que pueda acabar con el paro y la pobreza. Los ciudadanos seguimos siendo la gran esperanza de la política pero ahora, más que nunca, hemos de luchar por el Derecho y por los derechos, amenazados por la enfermedad, la parálisis económica, la revolución tecnológica, la manipulación digital y los abusos del poder. Hemos dado muestras de compromiso y responsabilidad y estamos dispuestos pero los responsables públicos no deben engañarse.
Ningún sacrificio más podrá exigirse, nada será posible, sin un reconocimiento público de la magnitud de la tragedia, sin el duelo, la memoria y la honra de sus víctimas, sin un análisis serio de todas sus causas, de las acciones y omisiones concurrentes en cada caso, sin la investigación y evaluación de la imprevisión y las dejaciones, de las probables imprudencias y los posibles fraudes, sin la exigencia de las responsabilidades que en su caso resulten, sin la pronta rectificación de los errores, la reparación de los daños y la compensación del sufrimiento. Es lo mínimo que debe ofrecerse a ciudadanos libres dispuestos a asumir esfuerzos.
Consuelo Madrigal Martínez-Pereda
Fiscal de Sala del Tribunal Supremo
Académica de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación
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¿Dónde está la quinta ola?
Que alguien me explique qué interés existe en trasladar el miedo a la población. Que alguien me explique por qué mandan un mensaje que no se acomoda con la realidad
Tras el final del estado de alarma, hace ahora dos meses, los adventistas del séptimo virus nos vienen advirtiendo del fin de los días. Ojocuidao, le decían al presidente, la situación puede descontrolarse. La gente lleva mucho tiempo encerrada y va a celebrar la vuelta a la normalidad, y llegarán los contagios, el colapso de los hospitales y de las UCI, volverán las muertes. Regresaremos a la casilla de salida, presidente. Hay que mantener el pulso, presidente, hay que controlar al pueblo. “Recuperemos la alegría de vivir”, dijo el presidente, reviviendo el tono festivo de un año antes cuando declaró la derrota del virus, sin hacer prisioneros. Y mientras que hace un año escribí, en estas páginas, acerca de la irresponsabilidad que suponía trasladar el mensaje al turismo de que todo estaba controlado, sin exigir controles en destino, hoy la situación es radicalmente distinta.
Más de 20 millones los españoles han recibido ya la pauta completa de vacunación, con más de 46 millones de dosis suministradas. El efecto, que muchos niegan, es más que evidente cuando observamos la incidencia en la población de mayor edad, en la que las muertes por coronavirus (que debemos distinguir de las muertes con coronavirus) se han reducido a niveles mínimos. El virus, que se cebó especialmente entre los mayores, sigue presente entre nosotros. Y seguirá, posiblemente, durante mucho tiempo. Como cohabita el de la gripe, ese virus que muchos de los adventistas empleaban para despreciar el SARS-CoV-2 allá en febrero de 2020, mientras nos llamaban agoreros a los pocos que advertíamos de lo que se avecinaba. Esto no significa que debamos bajar la guardia, pero tampoco significa que haya que provocar alarmas innecesarias. Así lo avalan los datos, esos que siempre he esgrimido como argumento, antes del 16 de marzo para criticar la irresponsabilidad del Gobierno, y que permiten ahora no caer en el alarmismo.
La curva de contagios es en la que se basan los medios para bombardearnos continuamente con la famosa quinta ola.
Con las gráficas de Simón, y salvo excepciones, se observa un repunte de los casos. No cabe duda. En algunas regiones, como Cataluña o Canarias, la velocidad de reproducción del virus ha provocado un incremento de los contagios muy notable, y muy rápido. La incidencia acumulada a 14 días (IA14d) alcanza, en muchos lugares, valores que se tildan de alarmantes. Ahora bien ¿tiene sentido mantener, tanto esa métrica como sus umbrales, como el de riesgo extremo, cuando se ha quebrado la relación entre contagios, hospitalizaciones en planta, hospitalizaciones en UCI y fallecimientos? Porque esa es la clave. Hasta el mes de enero, al menos, con la vacunación aún incipiente, se podía mantener esa afirmación. Hoy, sin embargo, ya no es posible. No existe una relación entre contagios y el resto de magnitudes, que son las que realmente deberían preocuparnos
Estos dos gráficos recogen la evolución del número de fallecimientos diarios en España, de acuerdo con las cifras oficiales. Y ojo, que la propia evolución ha provocado un cambio de escala, pasando de un límite hasta 1000 fallecidos diarios en el de la izquierda (rozamos los 900 en los peores momentos de la primavera de 2020) hasta los 600 en el actual, desde enero de 2021. Parece evidente que deberá efectuarse un nuevo cambio de escala si queremos apreciar lo que está ocurriendo, que, aunque sea terrible, gracias a Dios es poco. Tan poco que, como vemos, el CCAES ocupa ya parte del espacio reservado al gráfico para añadir información adicional.
Cantabria, con una IA14d de casi 400 casos por 100.000 habitantes, que ascienden a más de 1600 en la cohorte de 20 a 29 años, tiene 42 ingresados en planta y cinco más en UCI. Castilla y León, otra de las provincias donde las restricciones a la hostelería y al ocio nocturno han sido más draconianas, y con una IA14d de más de 337, tiene 76 enfermos hospitalizados en planta y 33 más en UCI, con una ocupación del 10% de su capacidad total.
Cataluña es, como he señalado, otra de las regiones donde la IA14d se ha disparado, y con ella todas las alarmas. De nuevo, se observa la ruptura entre contagios, hospitalizados y fallecimientos.
En Madrid, la capital de la insurgencia contra Sánchez, la única comunidad que mantuvo, contra viento y marea, una cierta actividad económica y social pese a los deseos de bloqueo y de quiebra de toda la izquierda oficial y oficiosa, la situación es hoy mejor que en casi ningún otro sitio. La que, para esa misma izquierda, fue la capital del turismo de borrachera, que miran hoy para otro lado tras los sucesos de Mallorca y Salou, no presenta tampoco señales de alarma, con indicadores perfectamente razonables, y con el mejor tono de actividad económica del país.
Así pues, me gustaría que alguien me explique dónde está la quinta ola. Que alguien me explique qué interés existe en trasladar el miedo a la población. Que alguien me explique por qué mandan un mensaje que no se acomoda con la realidad. Un mensaje que cala en la opinión pública, tras escucharlo machaconamente en los medios de comunicación, y que cala en los mercados emisores, hundiendo, un año más, las reservas y las visitas de los turistas extranjeros, golpeando a empresarios y a trabajadores, a muchos de ellos definitivamente. Es realmente irresponsable hablar de quinta ola que los datos no lo avalan, desde la comodidad de una emisora de radio, de un plató de televisión o de un periódico. Más aún cuando muchos de ellos, además, contribuyeron a propagar el virus con su negacionismo inicial. No hay datos que avalen que la variante Delta sea más mortífera que las anteriores, al menos entre población vacunada. Aceleremos aún más la vacunación, y tengamos cuidado todos, porque el virus sigue presente. Pero no dejemos que los adventistas nos encierren de nuevo.
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Cuentas y cuentos de la quinta ola
Ahora mismo se está asustando innecesariamente a la población y se está ahuyentando al turismo, con cancelaciones masivas que hunden la temporada
“Not everything that can be counted counts, and not everything that counts can be counted...”
Albert Einstein
Sigue la preocupación en los medios por la quinta ola, esa que, como señalé la semana pasada, sólo existe en la mente de quienes, parece, sólo desean vernos encerrados en casa de nuevo. Parece que no fueron suficientes cien días, tan terribles como inconstitucionales, ni seis meses más de libertades conculcadas. Nos gusta Australia y su política de Covid Cero y queremos que alguien se haga cargo de lo que es nuestra responsabilidad. Se culpa a los jóvenes por querer recuperar algo del tiempo perdido, cuando son los padres quienes deben, con ellos, ver cuál es el riesgo que deben asumir. Sí, la situación que refleja la incidencia acumulada a 14 días (IA14) nos lleva a mediados de febrero, en los momentos finales de la tercera ola. Pero, como también señalé la semana pasada, la IA14 es una métrica obsoleta que no sirve al propósito para el que se creó: anticipar el crecimiento de hospitalizaciones en planta y en UCI, para evitar que la presión desborde la capacidad de atención sanitaria.
Así, el 12 de febrero pasado, la IA14 alcanzaba los 496,01 casos por cada 100.000 habitantes; en la semana que acababa entonces, el número total de ingresos en hospitales españoles alcanzaba los 4.888 pacientes, y otros 407 en UCI. Casi una de cinco camas en planta estaba ocupada por estos enfermos, con un total de 22.311 pacientes hospitalizados, mientras que las UCIs estaban ocupadas en un 40% por los 4.350 pacientes Covid que lo necesitaban. En sólo 24 horas ingresaron 1.715 enfermos. Y, desgraciadamente, en las 48 horas anteriores habían fallecido 278 personas.
Ingresos y camas covid
Cinco meses después, el 14 de julio, la IA14 es inferior en sólo 30 puntos. Y así lo reflejan los medios, más preocupados por el titular (“¡Estamos como en febrero!”) que por ahondar en las cifras. Y es que la situación no es ni parecida. Y eso que los casos diagnosticados en 24 horas se han multiplicado por tres. Los 1.638 pacientes que han ingresado en los últimos siete días, sin despreciar cada caso, son una tercera parte que entonces. Sólo una de cada tres camas está hoy ocupada por pacientes Covid, y los que ocupan las UCIs, los más graves, son 798, menos de una quinta parte de los que había entonces, con una tasa de ocupación de menos del 9%. Los fallecidos, siempre demasiados, son 6 en las 48 horas anteriores.
Es incomprensible que sigamos empleando un indicador que ya no tiene sentido. Cualquiera que haya empleado KPIs en su trabajo (por las siglas de Key Performance Indicator, Indicador Clave de Rendimiento) sabe que, sea cual sea el empleado, debe cumplir con una serie de características. Entre otras, podemos citar cuatro esenciales: servir a la estrategia global, vinculándose al objetivo perseguido; comunicar de manera correcta; ser realista; y, en su caso, anticipar resultados. Ahora mismo, el indicador estrella de la pandemia, la incidencia acumulada a 14 días, no sirve a la estrategia, no está vinculado al objetivo, no comunica correctamente y, desde luego, no anticipa nada. Y, sin embargo, se emplea de forma constante, como se comunican las cifras de contagios diarios que tampoco, por ellas mismas, sirven de nada. Más bien al contrario, se está asustando innecesariamente a la población y se está ahuyentando al turismo, con cancelaciones masivas de británicos, franceses y alemanas, los principales mercados emisores. Resulta increíble que el mismo gobierno que negó la pandemia, que nos animó a salir y divertirnos hace un año y que pretende, ahora, que recuperemos la alegría de vivir, no esté empeñado en una comunicación positiva que permita, simplemente, captar a toda la población vacunada de Europa. Eso no salvaría la temporada turística, pero al menos aliviaría el dolor de empresarios y trabajadores del sector. Los números no mienten. Pero es muy fácil mentir con ellos.
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